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Sócrates A. Campos Lemus


Don Lencho, un brujo mixteco

Don Lencho, un brujo mixteco


Julio 23, 2020 20:46 hrs.
Periodismo Nacional › México Ciudad de México
Sócrates A. Campos Lemus › guerrerohabla.com

Don Lencho, aquel hombre que era tan especial, llenó su jacal de animales disecados, cabezas de coyote que vendía dizque para que cuidaran los negocios y les daba un rito especial, envolvía la cabeza de coyote en un trapo rojo, le llenaba de hierbas del campo y daban notas en cada uno de los puntos cardinales hablando de la tierra, el aire, el fuego, el agua y diciendo que los elementos y elementales de la tierra deberían de cuidar que el propietario de la cabeza de coyote tuviera prosperidad y seguridad, ese señor que muchos decían que era como brujo y otros como nahual siempre rehuía encontrarse con el curita que de vez en cuando llegaba, muy de vez en cuando por esos pueblos abandonados de la sierra allá en la zona más seca de la Mixteca, más allá de Yosotato y de la Nopalera, más allá de donde siempre los hombres se agarraban a balazos por cualquier cosa y por cualquier chisme y sobre todo para que los de Nopalera ocultaran los muchos hombres armados que mantenían para cuidar los campos de amapola y marihuana que controlan en la región, solamente Don Lencho podía recorrer esos caminos con seguridad, todos le temían al brujo, decían algunas malas lenguas que con sólo mirar muchos se sentían morir y cuando fijaba su vista en alguien, ése de pronto comenzaba a enflacar y secándose, se moría poco a poco y no existían medicinas para curarlo, solamente que fuera a ver a Don Lencho y le rogara por su vida y si se la daba algo, pues mejoraba, si no, pues lo más seguro es que le decía que le fueran tejiendo su petate para el entierro y que fueran ahorrando para las misas y las comidas para los deudos.

Allá por su choza pocos se acercaban ni siquiera tenía una puerta porque nadie se atrevía a llegar hasta ella, si él no se lo permitía, perros negros y fieros protegían la zona y no comían ni carne cuando alguien los quería envenenar y pronto sabía el nahual quién era el responsable y ya saben, a comenzar a secarse y a morir de poco a poco, tosiendo, no dormuiendo, lanzando espuma con sangre por las noches y nada le caía en el estómago, todo lo vomitaba con ese olor espantoso que todo lo invadía.

Contaban que un día, hace muchos años, llegaba por Pochutla caminando para pagar alguna manda y llegar a Juquila y que en el camino vio a una costeñita muy hermosa, caminaba alegre y rapidito, con pasos cortos, como bailando, sus ojazos negros como su pelo y sus risas que sabían a flores y frutos de la región y Don Lencho se enamoró, quedó prendido, como si trajera su muerte del lado izquierdo cerca del hombro y se figuró que nada valía la pena en el mundo si no tenía su amor y comenzó a galantear y la morra, pues se burlaba del ’viejito’ y por más dinero y joyas que le daba a ella y a su familia. pues la mujer decía que nada, que ella estaba enamorada de alguien y ese alguien de pronto se fue secando y moría, pero de la pena, ella también se secó y murió, y el nahual, no pudo evitarlo y desde entonces solamente se le veía pensativo y distante, no hablaba sin que le hablaran, no sonreía, solamente daba sus ungüentos y hierbas y pócimas y amuletos para que se fueran curando a los que atendía. Decían que tenía mucho dinero y pudiera ser, no gastaba en nada, las mujeres se repartían los tiempos y le llevaban de comer y las tortillas, otras le llevaban el agua para beber que se recogía de las cuevas por goteo en muchas zonas, pero demasiado lejos de donde estaba su jacal, muchos hombres le llevaban leña y carne de caza y elotes y maíz y frijoles y latas para que tuviera para él y sus muchos animales que cuidaba y lo cuidaban.

Alguna vez pregunté cuando lo conocí el nombre de su amada y no se molestó, solamente se fijó al cielo y como que de pronto las nubes en ese cielo seco comenzaron a juntarse y sopló un viento lleno de tierra y frío, me invitó a su choza y me sentó en un banco como de caballito, me tendió un pocillo de café recién elaborado y le pidió a la tortillera que me diera unos tacos con queso y salsa y comimos juntos, sin hablar, sólo nos mirábamos de vez en vez y me sorprendió cuando de pronto se carcajeó y le pregunté que como era eso posible si me decían que jamás reía y él dijo que porque era la primera vez que le preguntaban por ese amor que lo mató en vida y nadie más se atrevía y le dio risa, le provocó alegría recordar a la morra con sus gestos y belleza porque solamente la recordaba con malos modos y eso le llenaba de hiel y le secaba la boca y le dejaba un sabor de cobre en la lengua y me abrazó, me dijo: ’Pues ahora si me chingaste mi nahualito, porque me quitó la pena y me devolvió la vida y el buen gusto’ y sorprendido, yo le dije que no era nahual que ni idea tenía de qué era eso y de cómo se formaban en el tiempo, cuando me contestó que el serlo era un don, no se estudiaba, de pronto aparecía por la ’mano del Señor’ y sentí mucho sueño y me quedé profundamente dormido por cerca de doce horas siendo vigilado por Don Lencho cerca del catre de lona y él, acostado en la hamaca donde tarareaba varias canciones, después me contó…

Ese día se fue y me dejó con las tortilleras diciéndoles que me atendieran que llegaría al rato, se fue cantando algo que después me dijo compuso en sus ratos de flojera. Las tortilleras que le eran fieles desde años, se me quedaron mirando y me dieron toda clase de platos con gallina negra y arroz, frijoles con hierba de conejo, tamales, café y alguna sacó mezcal y me sonreían y terminaron diciendo que lo que había logrado con el viejo era increíble y alguna me pedía que atendiera a uno de sus parientes. Le dije: mire yo no sé de qué me hablan, no soy curandero, ni doctor, ni brujo ni nada. Perdóneme, pero no puedo curar a nadie, ni yo mismo me puedo curar y me dejaron sin molestar. Desde lo alto del monte, donde estaba el jacal todo se veía lleno de neblina en los valles y los vientos eran fríos y secos, después en la noche llegó Don Lencho y me dijo que lo debería acompañar al mar para que me diera una buena limpia en el agua, llevamos claveles rojos que no sé de dónde los sacó, pétalos de varias flores y mezcal, ropa blanca y pañuelos rojos y cuando llegamos al mar, me metió y me comenzó a zarandear con fuerza y decía muchos ritos y rezanderas, me llenó de agua y frotaba lo que traía y después de algún tiempo dijo que ya estaba bien, que sin duda dejé al chamuco y la muerte del lado izquierdo esperaría su tiempo, no antes… y me fui para Oaxaca como nuevo, lleno de alegrías y vida.


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